Chopin: música para nuestro tiempo
En febrero o marzo de 1810 -al parecer no hay un acuerdo sobre esta banalidad-, la vida decidió hacernos un regalo con el nacimiento de Federico Chopin. Hace ahora 200 años de este acontecimiento y este es el motivo de dedicarle aquí unas líneas. No hablaré de su vida -de la que hay incluso versiones cinematográficas-, sino de su música y desde la percepción de una persona sentada plácidamente en un sillón, sin hacer otra cosa que deleitarse con ella. Daré, únicamente, algunos datos para ayudar a comprender mejor el extraordinario sonido que salía de su piano.
Chopin perteneció al movimiento romántico y fue uno de los grandes -grandísimos- compositores de piano. Fue realmente un superdotado que, sin haber recibido estrictamente clases de piano (recibió alguna de música y primeras nociones del instrumento) ya fue capaz de interpretar composiciones de otros autores y, en un tiempo que podría decirse ridículo, de componer su propia música. Como datos curiosos diré que a los cuatro años tocaba el piano, a los ocho ofreció su primer concierto en Varsovia y de los diecisiete consta su primera obra publicada.
Chopin componía su música ayudado por el piano. Tenía la melodía en la cabeza y, sentado ante su instrumento, se apoyaba en él para hacerla realidad. Tanto dependía de él para componer que, cuando se trasladó a Mallorca debido a su enfermedad, el piano tardó en llegar algo más y la temporada que estuvo esperando su llegada fue para él un infierno. No hay más que imaginarse todas esas maravillas de composiciones metidas en la cabeza del compositor, preparadas para ser escritas e interpretadas, agolpándose en la materia gris, introduciéndose entre los surcos del cerebro para dejar sitio a las nuevas que llegaban abriéndose paso a codazos y... ¡el piano que no llega! No hombre, no; esto no se hace. “Pienso música -decía él- pero no la hago porque aquí no hay pianos”
El resultado final, cuando pudo sacar todo de su cerebro, es lo que hoy podemos escuchar plácidamente, como dije, desde nuestro sillón favorito. Por supuesto, mucho mejor si se tiene la oportunidad de acudir a un concierto. Pero para el día a día, para los momentos en los que se necesita paz, perderse en la lejanía de la nada suspendidos simplemente en las notas de un piano, yo recomiendo hoy a este maestro. Lógicamente, tendré que aportar unas razones.
Si bien tiene, de su época anterior los 19 años, alguna composición para piano y orquesta, decidió dedicarse sólo al piano por un motivo: quería lograr la máxima pureza musical arrancándola de aquel instrumento que le acompañaba en sus composiciones. Tener esto como un fin, como un anhelo, y estar dotado para ello, da idea del nivel que lograría como intérprete del piano, de su maestría y la excepcional vivencia que transmitía con ello. Yo lo concibo como la máxima expresión del éxtasis cuando pienso en ello; y después, al escuchar las baladas o los nocturnos, por ejemplo, se comprende perfectamente. Este creo que es el motivo principal que me lleva a recomendar escuchar a Chopin.
Pero, ¿qué le diferencia de los demás románticos? Lo primero que hay que observar es que él a veces se consideraba “antirromántico”, precisamente por esos matices que sentía en su interpretación y que en las ajenas estaban ausentes:
Su romanticismo era depurado al máximo. Lírico y sentimental, considerado elegante en la interpretación, si bien nada más lejos del afrancesamiento típico de la época y de la exageración en las maneras. Esto, para los no entendidos en la materia, se traduce en que al escuchar su música uno se va sintiendo rodeado a la par que interiormente invadido de un hálito de perfección, de suavidad, que poco a poco conduce a un estado de absoluta serenidad.
Chopin tenía una característica que le convertía en excepcional: el rubato. En el romanticismo era frecuente esta técnica consistente en alterar el ritmo de la composición con la mano derecha, conservándolo con la izquierda; tocar a placer. Claro, habrá formas y formas de robar el tiempo al compás. En Chopin, fue una de las técnicas más valoradas, y cuando uno escucha su música se da cuenta de la ligereza de cada sonido; parece como si las teclas se acariciaran retrasando ese momento del compás que mantiene en suspense el sueño, el viaje, la sublime sensación de volar, de serenidad. No hay fuerza, no hay vigor, pero eso no significa monotonía: cada nota es interpretada con delicadeza y expresión.
Por eso, invito en este segundo aniversario de su nacimiento a conocerlo o a recordarlo. A escuchar su música participando del sentimiento del compositor, del profundo anhelo de perfección que buscaba en cada nota y en su interpretación.
Ahora que digo esto, quisiera hacer una observación: estamos hablando de Chopin como intérprete; de la importancia que tendrá, por tanto, el hecho de que el pianista que se siente ante una partitura de Chopin sepa qué tiene delante, quién y cómo escribió aquellos compases. Con esto quiero decir que me parece de suma importancia elegir un pianista que haga de la música de su autor lo que él quiso que fuera, porque es la manera de transmitirlo y de que nosotros podamos sentir plenamente lo que Chopin escribió desde su cabeza.
Llegar cansado del trabajo, meterse en la cocina, recoger a los críos, hacerlos deberes, unas risas, baños, cenas... Y al sillón: Nocturno para piano nº 9.
Sentir cómo el día se va; cómo el alma asoma poco a poco arrimando el abdomen a la espalda, trepando al pecho para expandir los pulmones y dejarlos llenos de aire, inmóviles, mientras los párpados se cierran lentamente con las notas finales del Nocturno, mantenidas en un ritardando que nos lleva con él y nos eleva...
Encarna Martínez, Marzo de 2010
SUMARIO
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Palabrario..... pág.3
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Latinajos...... pág.4
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Opinión........ pág.5
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Soci-red....... pág.6
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Literatura..... pág.7
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Aje3........... pág.8
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Días de Cine... pág.9
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Radio Diane.... pág.10
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DelenBlog...... pág.11
